LA JORNADA, LA SILLA Y LOS TRINOS


La mayoría de las sillas ya habían sido ocupadas por las personas que, tras colgar sus abrigos en los percheros habilitados para el evento, se iban acomodando en la sala. Parecía que el proyector ya reflejaba la diapositiva buscada, los ponentes enjuagaban sus gargantas con agua, el dinamizador ajustaba el micrófono entre los pliegues de la camisa y unas pequeñas toses procedentes del público daban comienzo a las jornadas.

Según iban pasando los minutos, la voz de aquel ponente entrajetado fue disminuyendo de intensidad hasta convertirse en un discurso lineal difícil de entender. En cambio, la temperatura de la sala fue incrementando, pasando a ser un lugar sumamente acogedor sobre todo comparando con el frío de aquella mañana otoñal.

El señor que se encontraba acomodado en una de las acolchadas clásicas sillas de madera, tras un ligero bostezo, fue bajando los párpados hasta dejar cerrados los ojos. Su mente todavía trataba de descifrar toda aquella retahíla pero, de pronto, la atención se fue centrando en el particular sonido que las hojas de los árboles al ser zarandeadas por el viento. A pesar del frío de aquella mañana, parecía que en la calle había gente paseando, la conversación de dos señoras, que acababan de encontrarse, llegó a los oídos de aquel oyente.

De pronto, comenzaron a escucharse pisadas. Pequeños pasitos que parecían estar en la misma sala de conferencias. ¿Sería el fotógrafo que andaba de un lado para otro?. Eran demasiado leves para tratarse de una persona.  Un ligero revoloteo y el piar de aquellos pajaritos lo sacaron de dudas, mientras sonreía al escucharlos. 

Lo que en un comienzo pintaba ser una pesada mañana repleta de atropelladas charlas, pasó a convertirse en un agradable momento dedicado a la escucha de conversaciones mantenidas por dos viejas amigas, los pasitos de aquellas simpáticas aves, sus trinos, el agua que la fuente del estanque derramaba o la melodía que las campañillas del reloj emitían indicando que la media mañana había llegado.

Unos segundos de silencio fueron precedidos por aplausos. Muchos aplausos. En un comienzo fueron algunos sueltos pero más y más se unieron creando una ola de aplausos anunciando el final de las jornadas. Aquel señor despertó de la meditación. 

Parecían cansadas. El rostro que la mayoría de los asistentes mostraba era de cansancio, ganas de levantarse de aquellas sillas y poder estirar las piernas que durante dos horas habían permanecido encogidas. Algún que otro rostro incluso delataba haberse dormido  lo largo del evento.

Aquella persona, llena de energía, con un agradable sentimiento de paz y serenidad, tras saludar a sus compañeros y descolgar el abrigo de la percha, se dirigió a la calle felizmente. El sol comenzaba a salir.  

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